Desarrollo de los cultivos nativos en tiempos preincaicos

De Patrimonio Alimentario
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En la costa, la cultura Las Vegas dio paso a la famosa cultura Valdivia. Con ella salimos del Paleoindio o Precerámico para entrar en el periodo Formativo. Valdivia se asentó en la península de Santa Elena desde hace 6.400 años hasta hace 3.450 años (Zeidler, 2008). Esta cultura ha sido muy estudiada desde su descubrimiento, por las muchas y muy notables huellas que dejó en su arte en cerámica y piedra, y es una de las primeras culturas en el continente en desarrollar la agricultura y la cerámica.

Aunque los valdivianos practicaban ya la agricultura, mantenían el aprovechamiento de los recursos de litoral, bosque y manglar. Recientes descubrimientos en la Provincia de Zamora-Chinchipe han sacado a la luz otra cultura importante, contemporánea de Valdivia: la cultura Mayo-Chinchipe ha dejado restos desde los 5.500 años antes de nuestra era. Al parecer también tenía un patrón alimentario que incluía el aprovechamiento de recursos del bosque, de caza y recolección, pesca en los ríos, y domesticación de cultivos como la palma de chonta y el cacao fino de aroma (Lanaud et. al, 2012).

Vale la pena detenerse un momento a pensar por qué una cultura eligió continuar con labores de caza, recolección y pesca cuando ya había desarrollado la agricultura. La respuesta tiene que ver con eficiencia energética, tanto en la energía gastada en procurarse el alimento como en la calidad de nutrientes obtenidos de cada tipo de alimento. Los alimentos vegetales son ricos en carbohidratos, fuente principal de energía y de material para el desarrollo del cuerpo. Pero son bajos en proteína y grasas, elementos que se necesitan en menor cantidad, pero que son indispensables para el mantenimiento del organismo. Una de las estrategias que puede adoptar una sociedad es sacar la proteína necesaria de los vegetales, para lo cual tendrá que consumir mayores cantidades de alimento; por ejemplo, se estima que en las sociedades arroceras del Asia una persona puede obtener hasta 35 gramos diarios de proteína consumiendo 1 libra de arroz al día (Byrd, 1976). Pero cultivar la cantidad de arroz necesaria para alimentar de esta manera a toda la población demanda mucho trabajo, la presencia de determinadas condiciones ambientales y la transformación total del paisaje. Este tipo de cultivos representan esfuerzo y riesgo, pues hay muchos factores ambientales que pueden arruinar una cosecha y poner en peligro la subsistencia de aquella sociedad que dependa solo del grano. Por otro lado, el cultivo de granos causa siempre un impacto negativo al suelo, degradándolo lenta o rápidamente de acuerdo a sus condiciones iniciales y a la influencia del ambiente, por lo que una sociedad que depende solamente de granos para su alimentación solo puede subsistir a largo plazo en territorios con suelos extraordinariamente ricos y profundos. Y este no es el caso del Ecuador, donde lo que existe es una delgada capa de suelo fértil de origen volcánico, protegida por la vegetación y amenazada por fuertes y recurrentes eventos ambientales como inundaciones, sequías, cambios bruscos en los regímenes de lluvia, humedad o fuego. Por ello lo más común en el Ecuador prehispánico fue el desarrollo de sistemas alimentarios complejos que incluían un cierto nivel de cultivo en torno a las poblaciones, y el manejo adecuado de recursos silvestres en los ecosistemas locales. Con el tiempo y a medida que se desarrollaron las culturas originarias, estos ecosistemas fueron transformados por la actividad humana pero manteniendo sus características funcionales propias. En las últimas décadas las investigaciones han sacado a la luz ejemplos impresionantes, por su capacidad productiva y su sostenibilidad en el tiempo, de sistemas de este tipo en varias regiones de América. (Mann, 2005).

Lamentablemente, con la invasión europea y la imposición de los modelos agrícolas del Viejo Mundo, estos sistemas desaparecieron. En Ecuador los restos estudiados nos dejan ver que esta estrategia incluía:

1. Huertas familiares en torno a las viviendas para producción de vegetales, raíces y frutos ricos en vitaminas, minerales y compuestos medicinales;

2. Campos de cultivo extensos solamente en lugares adecuados, controlados de manera comunal, para la producción masiva de carbohidratos y proteínas vegetales;

3. Aprovechamiento de recursos silvestres manejados de forma sostenible, para abastecimiento de proteína y grasa animal mediante pesca, recolección y caza; así como frutas, nueces y semillas silvestres. Los ecosistemas manejados fueron de tipo boscoso: manglar y estuarios en el litoral, bosques tropicales, caducifolios y secos en el interior de las tierras bajas, bosques nublados e interandinos en la sierra.

Como podemos ver, en el litoral continuó el aprovechamiento de recursos del manglar y los estuarios, que suponemos fue intenso pero sostenible. A la llegada de los españoles, los bosques de mangle cubrían extensas zonas del litoral. El aumento de la población durante el periodo prehispánico nos deja suponer que se desarrollaron sistemas de aprovechamiento sostenible de este ecosistema. Durante el periodo Formativo los grupos humanos se fueron asentando en el interior, lejos de sus tradicionales lugares de abastecimiento en el litoral, lo que implicó el desarrollo de técnicas de aprovechamiento de otros recursos y ecosistemas. La huerta familiar por si sola no podía suplir con todas las necesidades. Por ello se desarrollaron otras dos estrategias esenciales: los campos de cultivo, y los bosques comestibles.

Las poblaciones prehispánicas, que estaban obligadas a depender de recursos locales pues no podían importar alimentos ni fertilizantes como lo hacemos hoy en día, no podían arriesgarse a destruir los recursos naturales de los que dependía la producción. Por ello crearon campos extensos de cultivo solamente donde las condiciones eran óptimas, y desarrollando sistemas que permitían conservar o aumentar el suelo fértil.

El ejemplo más desarrollado de estos sistemas es el de los camellones. Se construían en planicies aledañas a cuerpos de agua, por ejemplo los caudalosos pero lentos ríos del litoral, principalmente la gigantesca cuenca fluvial del Guayas. Al inicio seguramente se sembraban los cultivos a la orilla del río, donde un golpe de un bastón puntiagudo de madera es todo lo que se necesita para sembrar. Esta forma de cultivo era tan simple y productiva, que quizá con el tiempo los pobladores empezaron a ampliar la superficie de orilla, mediante la creación de canales permanentemente inundados. Con el tiempo la extensión de los canales aumentó, hasta dominar el territorio, formando un paisaje abigarrado de campos de cultivo elevados rodeados de canales.

Lamentablemente falta estudiar mucho estos sistemas, y la mayoría de ellos ha desaparecido ya bajo las ciudades y cultivos modernos de banano y palma. Las fotografías aéreas de los años setentas muestran cientos de kilómetros cuadrados de estas estructuras. De lo poco que se ha investigado, al parecer los camellones estaban diseñados para manejar el agua de forma que ésta penetrara lenta y uniformemente, tomando en cuenta los extremos climáticos posibles, incluyendo el Fenómeno del Niño. En la época seca se podía sembrar en el fondo de los canales, que mantenían suficiente humedad. Al final del ciclo productivo se dejaban todos los restos vegetales, de manera que cuando los canales se inundaban estos restos servían de alimento a una diversidad de peces, crustáceos y moluscos, que a su vez alimentaban a aves como la garza y el pato andino. En la época húmeda se cultivaba solo en la parte alta de los camellones, mientras se pescaba, recogía y cazaba animales en los canales. En la costa los camellones eran tan grandes, que los agricultores podían construir sus viviendas encima de ellos y navegar en los canales usando sus canoas. En la sierra eran mucho menores: en la zona de Cayambe se han estudiado restos de camellones de hasta un metro de altura, 3 metros de ancho y hasta 400 metros de longitud. (Knapp, 1988; Valdez, 2006) Podemos suponer que muchas de las lagunas poseían sus sistemas de camellones; por ejemplo en el Lago San Pablo, en Imbabura, estos sistemas habrían rodeado al lago, ocupando toda la llanura lacustre que hoy vemos cubierta de totoras. El cultivo en camellones inició al final del Periodo Formativo, pero alcanzó una gran extensión solamente durante el Periodo de Integración.

El bosque comestible es un ecosistema antropogénico, es decir formado por la influencia humana. Visual y funcionalmente es como un bosque natural, pero tiene una abundancia inusual de árboles y plantas útiles para el ser humano y la fauna. (Mollison, 1988) Actualmente existen todavía personas que conocen el proceso ancestral de formación de estos sistemas:

1. La familia se introduce en el bosque con shigras llenas de semillas útiles, como maíz, frijol y calabaza, que proceden a lanzar en todas direcciones.

2. Posteriormente se corta toda la maleza o sotobosque, antiguamente con hachas de piedra. El material vegetal cortado cubre las semillas que anteriormente se lanzaron.

3. La familia analiza los árboles presentes, que ahora se pueden distinguir con claridad. Elige que árboles es necesario mantener, para alimento, fibra o madera. Los que no son considerados útiles, se tumban, creando claros en el bosque. 4. En esos claros se siembran plantas útiles, con una clara preponderancia de una especie en particular: la chonta doméstica, Bactris gasipaes. (Clínica Ambiental, 2014)

Es posible que el desarrollo de la chonta haya sido la clave que permitió la expansión de este sistema. Su domesticación ocurrió probablemente en el sudoeste de la Amazonía, pero su zona de mayor diversidad está en el sur de la Amazonía ecuatoriana y el norte de la peruana (Galluzzi, 2015), coincidiendo con el área de mayor diversidad del cacao fino de aroma (Loor Solorzano et. Al., 2012) y de expansión de la cultura Mayo-Chinchipe (Lanaud et. al, 2012). La chonta es muy productiva: a partir del cuarto año brinda racimos de frutos grandes, ricos en carbohidratos y aceites muy saludables. Se estima que una hectárea de chonta produce más calorías por año que una hectárea de maíz. Pero la chonta no se cría sola, sino como parte de un ecosistema boscoso complejo donde hay muchas otras fuentes de alimento. De hecho la abundancia de productos vegetales (frutos, nueces, hojas) es tal, que sostiene a su vez poblaciones anormalmente altas de fauna silvestre. Hasta entrado el siglo XX, las poblaciones indígenas en los bosques tropicales mantenían tradiciones culturales respecto al manejo de esta fauna, controlando predadores, cazando y trampeando en épocas específicas para permitir la reproducción de las poblaciones animales.

El sistema de bosque comestible podría ser el más antiguo de los desarrollados en el país, cuando los primeros grupos humanos empezaron a asentarse en el territorio. Es muy probable que tanto Valdivia como Mayo Chinchipe ya hayan practicado esta estrategia a algún nivel.

Otros dos sistemas de cultivo que merecen mención son:

Las terrazas o andenes, que si bien son menos importantes que en los Andes peruanos y bolivianos, sí se desarrollaron en algunas regiones de la sierra, como el área de Pimampiro - Cayambe.

Las catacochas o albarradas, sistemas de infiltración de agua a gran escala, que ocuparon laderas en ecosistemas de bosque seco y permiten la creación de campos de cultivo y chacras. Las provincias de Loja y Manabí tiene extensiones muy grandes y no muy investigadas con este tipo de sistemas.

Si bien la tecnología básica se aplicó antes, los sistemas de andenes y de catacochas se expandieron durante el periodo de Integración. Una interrogante aún no resuelta en la historia ecuatoriana es la del poblamiento del callejón interandino y los valles subtropicales. Al respecto es interesante la historia de la zona de Quito. Tres grandes erupciones del volcán Cayambe provocaron un colapso ecológico general hace 5.900, 5.400 y 4.700 años, posiblemente causando el abandono de la región. ¿Quién repobló estas áreas cuando las condiciones volvieron a ser adecuadas? Los restos de la cultura Cotocollao, cuya cerámica más antigua se halló en la zona de La Chimba (cerca de Olmedo, en Cayambe) muestran una vinculación importante con la Amazonía. La Cultura Cotocollao desarrolla una extensa red de contactos con la Costa y la Amazonía y extiende su influencia por una buena parte de la sierra norte, pero colapsa hace 2.400 años debido a una erupción del volcán Pululahua. Nuevamente hay un vacío en el registro arqueológico, y cuando las condiciones son estables es un pueblo distinto el que se asienta en la región. Su cerámica nos indica una relación muy fuerte con las culturas de la costa norte, como La Tolita y Jama-Coaque; probablemente estos nuevos pobladores subieron desde el litoral tratando de restablecer las redes de comercio abandonadas por los Cotocollao. Para esta época, los intercambios comerciales se rigen ya por una especial casta social: los Mindalaes, quienes recorren el país a pie, llevando productos de región a región y entregando parte del producto obtenido a los gobernantes locales, para su redistribución.

Finalmente, hace unos 1.500 años, hay un nuevo cambio cultural en la región, que no está explicado aún. Los restos se diferencian de las culturas costeñas y adquieren un carácter propio. Pero las redes de comercio con la Costa y la Amazonía se mantienen, a juzgar por la cantidad de objetos encontrados procedentes de estas regiones. (Ontaneda, 2010) Entre los objetos intercambiados hay, evidentemente, alimentos.

El austro es otra zona muy interesante, por la facilidad que su geografía presta a los intercambios inter regionales. Aquí los andes pierden altura y el paso desde la Amazonía a la Costa es más sencillo que en el norte. Proponemos que la zona de Zamora - Loja - El Oro/Guayas se convirtió en un laboratorio único de desarrollo de especies y variedades de cultivo. La presencia de conchas marinas Strombus y Spondylus en sitios de la cultura Mayo-Chinchipe prueba la relación entre ésta y las culturas de la costa, desde tiempos de Valdivia (Lanaud et. al, 2012).

La provincia de Loja en particular es como un resumen del país, con cientos de valles de clima distinto. Hace falta mucha investigación, pero de lo poco que se ha realizado podemos ver que hay una abundancia de variedades vegetales de cultivo y de parientes silvestres (Den Eynden Veerle, V., V., Cueva O., E. G., Cabrera, O., 1998).

Estos ejemplos son muy instructivos para la historia alimentaria del país, ya que muestran la extensión e intensidad de los intercambios inter regionales. Junto con los objetos suntuarios y comerciales como la obsidiana, el oro, el spondylus o la coca, viajaban también semillas, técnicas de cultivo y formas de elaboración de alimentos. Esto nos deja suponer que a pesar de la enorme diversidad ecológica y climática del país, debieron existir similitudes en la producción y consumo de alimentos en las distintas regiones del Ecuador preincaico, y productos que eran consumidos fuera de sus regiones de producción. Este intenso mosaico es diferente a la situación de los Andes peruano-bolivianos, marcados por la conformación de grandes archipiélagos verticales, es decir zonas extensas en distintos ecosistemas a menudo muy distantes entre si, controlados por un mismo grupo humano.

En resumen, durante el periodo preincaico se desarrollan sistemas alimentarios muy complejos que permiten acceder a una amplia gama de recursos, tanto silvestres como cultivados. El manejo de los ecosistemas antropogénicos de bosque y la implementación de campos de cultivo sostenibles son las características más destacadas en la producción alimentaria local, rindiendo una gran cantidad de alimentos con relativamente poco esfuerzo. La dieta era muy variada, e incluía productos cultivados y de origen silvestre. Las frutas tenían un lugar destacado, por su abundancia y disponibilidad el año entero. La caza, el trampeo, la pesca y recolección de animales e invertebrados permitió un abastecimiento constante de proteína animal, probablemente mucho mayor al del altiplano peruano-boliviano. Gracias a los restos arqueológicos y a las descripciones de los primeros cronistas europeos en esta y otras tierras, sabemos que los nativos americanos consumían en abundancia animales como iguanas, tortugas, monos, boas, caimanes, pavas de monte, patos, venados, zarigüeyas, larvas de escarabajos, hormigas, caracoles y muchos otros. (Cartay, 1991). Comían todo lo que se movía o crecía, siempre y cuando fuera nutritivo y seguro.

Los productos nativos que hemos mencionado van a complementarse con cultivos provenientes de otras regiones de América, gracias a las redes de intercambio y a la llegada de otras culturas culinarias al Ecuador.